Autocensura emocional y flores de Bach

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Al parecer el ser humano de todos los tiempos y culturas ha cometido el mismo error, hacer una valoración ética de los sentimientos. Sin consideración alguna sobre su naturaleza involuntaria (sentir no es consentir), los hemos clasificado como moralmente buenos o malos, socialmente aceptables o inaceptables. Dando pie, así, a un juicio desafortunado: “Dime que sientes y te diré que clase de persona eres”, en otras palabras, “Dime que sientes y te diré cuánto vales”.

Nuestra psique ha salido al rescate de nuestro autoconcepto mandando al inconsciente todos aquellos sentires “inapropiados”. Mecanismos de defensa como la desensibilización, negación, racionalización, represión, proyección… nos han ayudado a mantener alejados de la consciencia aquellos sentimientos y emociones que han merecido una calificación negativa con su correspondiente poder desvalorizador.

Ciertamente, estas estrategias psíquicas de adaptación a las exigencias condicionantes del ambiente limitan nuestra existencia, pero han sido necesarias. Gracias a ellas le hemos dado el esquinazo a las dolorosas experiencias de aceptación y afecto condicionado (o peor aún, de desprecio) de aquellos de quien esperábamos recibir amor incondicional. En otras palabras, el precio que hemos tenido que pagar para mantener a flote nuestro sentido de valor personal ha sido alto, pero nos han salido las cuentas: nos alejamos de la psicosis a precio de neurosis.

Lo que toca ahora es trabajar con esta neurosis, sanar las antiguas heridas del combate defensivo de la propia valía, exhumar y resucitar los afectos y sentires que en su momento nos vimos obligados a enterrar en aquellos campos de batalla.

No hay crecimiento sin autoconocimiento, y no hay autoconocimiento sin el descubrimiento de que la ausencia en nosotros de sentimientos como culpa, ira, envidia, miedo o cualquier otra emoción políticamente incorrecta, no quiere decir que no habiten en nuestra sombra. Censurar este tipo de emociones nos ha ayudado a autopercibirnos como mejores personas, pero esta vanagloria no tiene mucho sentido si entendemos que nuestra dignidad no lo necesita. Nuestro valor es incondicional y no fluctúa a causa de nuestra emocionalidad, y menos aún de nuestra emocionalidad consciente.

La pedagogía floral nos enseña que los sentimientos son pulsiones auténticas de nuestra interioridad, llamados a satisfacer una necesidad, expresiones gozosas o dolorosas vinculadas a experiencias de amor o desamor…, y que, por tanto, no son loables o reprobables, ni poseen poder alguno para valorizarnos o desvalorizarnos. Lo que sea que sintamos en cada momento tiene una buena razón de ser y no es susceptible de ningún tipo de calificativo o juicio de valor.

La relación terapéutica, apoyada en las flores de Bach, debilita nuestras resistencias a sentir emociones hasta ahora censuradas; nos conduce por los laberintos de nuestra sombra posibilitándonos la recuperación gradual de estos valiosos recursos afectivos; nos encamina a vivirlos nuevamente, reconocerlos, nombrarlos, atender a su mensaje y, ahora sí, trascenderlos.

De esta manera, la sospechosa alegría persistente de AGRIMONY puede, con el uso de la flor, dar paso libre a otros estados emocionales subyacentes, como sería, por ejemplo, una tristeza de origen desconocido; que supone una oportunidad única para, con la toma de MUSTARD, iniciar un proceso de introspección que nos ayude a valorar las cosas realmente importantes de la vida. LARCH puede acompañarnos hasta el reconocimiento de un posible miedo al fracaso, y haciéndonos conscientes de ello ayudarnos a direccionar la energía propia de este sentimiento incapacitante hacia el entusiasmo decidido que supone el desafío de un nuevo reto. La aversión hacia otro ser humano podría deberse a una envidia no reconocida que HOLLY nos puede ayudar a identificar, y a partir de ahí provocar gradualmente un cambio en la manera de ver a esa persona, pasando de ser una amenaza que nos enfrenta con nuestro propio complejo de inferioridad a ser un estímulo que nos mueve a sacar lo mejor de nosotros mismos. Los malos presagios acompañados con ASPEN podrían catalizar una culpa olvidada y su lógica implícita: «por justicia universal o divina algo malo me tiene que pasar»; habría llegado así, el momento de autoperdonarse, salvo la mejor opinión de PINE.

En definitiva, independientemente de la situación particular y el remedio seleccionado, el reencuentro con nuestra emocionalidad más auténtica nos provee sin duda de múltiples beneficios:

  • Humildad: Ya no nos percibimos mejores personas que aquellos que tienen esos «despreciables sentimientos que nosotros nunca tendríamos».

  • Empatía: Nos ponemos fácilmente en los zapatos de cualquiera que tenga alguna de esas emociones que nos parecían tan ajenas en otro momento.

  • Asertividad: Sabemos lo que realmente sentimos y en función de eso decidimos.

  • Plenitud: Haber recuperado para la consciencia las emociones antes censuradas enriquece nuestro abanico de recursos afectivos. Ahora sabemos realmente qué sentimos y quiénes somos. Estamos más completos y sabemos lo que queremos.

  • Libertad: Hemos soltado la represión de nuestros sentires más auténticos. Nuestra alma cuenta ahora con una brújula emocional más completa y funcional para indicarnos el camino hacia la verdadera libertad.

Todos los artículos de este sitio pueden ser reproducidos, siempre y cuando se cite al autor, Miguel Ángel Barquín, y la página donde fue inicialmente publicado, www.preesencia.mx

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